Llegué a Madrid a los veinte años y me instalé en un piso compartido, pequeño y ruinoso. Por las tardes trabajaba media jornada en la Ferretería Peláez. Por las mañanas, estudiaba en El Ballet Clásico de Madrid.
Los días eran duros: el trabajo, el piso, las clases exigentes. Y a eso se sumaba mi propia introversión, que me costaba dejarme llevar con fluidez entre mis compañeras y compañeros, aunque me llevaba genial con ellos.
Ahí conocí a Aurora, quien gerenciaba la compañía junto a Odilo. Ella me inspiró algo que no había visto antes: que la técnica y el arte pueden exigirse con amabilidad. Sus clases eran duras, como tienen que serlo, pero Aurora comprendía mi cuerpo y mis tiempos. Sabía dejar que descubriera cada paso a mi propio ritmo.
Desde los diecisiete practicaba meditación, por mi lado, sin relacionarla con la danza. Fue al año siguiente de llegar a Madrid, a los veintiuno, cuando entendí cómo conectar ambos caminos.
Todo empieza cuando alguien te deja descubrir tu propio tiempo.