Tenía 7 años cuando vi a Leroy dar un grand jeté en la serie Fama. Me puse en pie y grité: "¡Quiero hacer eso!". Fue decisión mía, y me apunté a una academia de danza en Albacete.
A los 11 años ya estaba en el conservatorio, pero allí me pusieron una condición para seguir: tenía que cursar música, y dentro de la música, entonación y canto. Me sentía ridículo cantando, y por eso decidí dejarlo todo.
Pasaron seis años sin bailar. Hasta que a los 17 volví a la danza, esta vez de nuevo por decisión propia, sin que nadie me lo pidiera.
Ese regreso fue el verdadero comienzo. Desde ahí arrancó el camino que, años después, me llevaría a escuchar mi respiración y a descubrir el lenguaje que hoy llamo Ghangáh.
Todo empezó con un grito: "¡quiero hacer eso!".