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El día que dejé el reloj en casa

Aquella mañana salí con la bicicleta sin haber decidido muy bien hasta dónde iba a llegar. Conocía el camino y tampoco necesitaba mucho más. Podía avanzar un rato, desviarme por algún sendero y dar la vuelta cuando me apeteciera.

Me gustan esas salidas.

Al principio pedaleaba como cualquier otro día, entretenido con mis pensamientos y con esa sensación agradable de las primeras horas de la mañana, cuando todavía parece que queda todo el día por delante. De vez en cuando sacaba el móvil. Miraba la hora, los kilómetros que llevaba, algún mensaje que había entrado. Lo guardaba en el bolsillo y continuaba.

Al acercarme al río bajé el ritmo. El camino por allí invitaba a hacerlo y tampoco tenía ninguna necesidad de correr.

Entonces vi una garza.

Estaba sobre una piedra, en mitad del agua.

Pasé junto a ella y continué unos metros, pero hubo algo en aquella imagen que me hizo frenar. Miré hacia atrás y allí seguía, completamente quieta.

Di la vuelta.

Dejé la bicicleta a un lado y me acerqué lo suficiente para verla bien, procurando no molestarla. Era más grande de lo que había imaginado. Tenía el cuello recogido y permanecía inmóvil mientras el agua corría alrededor de la piedra.

Saqué el móvil y le hice una fotografía.

Después esperé.

Pensé que en cualquier momento echaría a volar y me quedé preparado para grabarla.

Pero no voló.

Tampoco pescó.

Ni siquiera parecía tener intención de moverse.

Al cabo de un rato bajé el teléfono.

—Pues nada —pensé—. Tú a lo tuyo.

Y guardé el móvil.

Seguí allí un poco más.

Sin la pantalla delante empecé a prestar atención a otras cosas. El sonido del agua, por ejemplo. Al principio era simplemente el ruido del río, pero cuando llevas un rato escuchándolo descubres que no suena siempre igual. Cambia al pasar entre las piedras, se calma en unas zonas y se acelera en otras.

También había pájaros entre los árboles. Se movían algunas ramas con el aire y, de vez en cuando, llegaba algún sonido que no sabía muy bien de dónde venía.

La garza seguía en su piedra.

En algún momento pensé que debería continuar.

Había salido a montar en bicicleta, al fin y al cabo. Podía aprovechar la mañana, hacer algunos kilómetros más y seguir la ruta.

Pero no me apeteció.

Me quedé allí.

Creo que al principio todavía esperaba que ocurriera algo. Que la garza desplegara las alas o se metiera en el agua. Algo que justificara, de alguna manera, haberme parado.

Después dejé de esperarlo.

Y fue entonces cuando empecé a disfrutar realmente de aquel rato.

No estaba haciendo nada.

No estaba llegando a ningún sitio.

No había ningún objetivo que cumplir.

Simplemente estaba allí.

Recuerdo que en un momento dado pensé en mirar la hora. Incluso llevé la mano hacia el bolsillo donde tenía el móvil.

Pero la dejé otra vez sobre la pierna.

Ya la miraría después.

Me hizo gracia pensar que la garza probablemente llevaba allí mucho antes de que yo llegara y que seguiría allí cuando me marchara. Ella no parecía tener demasiados problemas con el tiempo.

No sé cuánto rato pasó.

Y esa es una de las cosas que más me gustan de aquel recuerdo.

Cuando finalmente decidí continuar, cogí la bicicleta y miré una vez más hacia el río.

La garza seguía exactamente en el mismo sitio.

—Bueno, pues ahí te quedas.

Y seguí mi camino.

No ocurrió nada especialmente emocionante después. No descubrí ningún lugar extraordinario ni hice una ruta que mereciera ser recordada por sus kilómetros.

Pero fui más tranquilo.

Me desvié por algún camino sin preguntarme demasiado adónde llevaba y paré alguna vez simplemente porque me apetecía mirar.

En algún momento me di cuenta de que llevaba bastante tiempo sin sacar el móvil.

Y continué así.

Cuando regresé a casa, entonces sí, miré la pantalla. Allí estaban la hora, los mensajes y las notificaciones que se habían ido acumulando durante la mañana.

Todo seguía en su sitio.

Durante años, más de veinte, relacioné el descanso con mi oficio. Con colchones, materiales, firmezas. Con dormir bien y levantarse mejor.

Aquella mañana junto al río aprendí otra forma.

No estaba tumbado. Casi no estuve quieto. Había salido en bicicleta.

Y aun así, durante un rato, solté algo que llevamos encima sin darnos cuenta: la necesidad de aprovechar cada minuto.

El móvil siguió en el bolsillo toda la mañana. También el reloj.

Así que, en realidad, nunca dejé el reloj en casa.

Pero hubo un rato, junto a un río y una garza que no tenía ninguna intención de hacer nada interesante, en el que dejé de necesitarlo.

Y eso, creo, se parece bastante a descansar.


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